Fragmento extraído del relato "Metempsicosis", incluído en el libro Metempsicosis.
David
Es por ellos, a quienes no quiero entender por lo que me marcho. Y es porque te quiero. Porque te quiero, y porque me dicen que no te quiero, que mi amor no puede ser sincero. Hoy me he conocido. Han escupido su verdad sobre mi cara y me he conocido. Pero no me reconozco. Y afuera, los pájaros eructan y el amor es de mentira. El amor no es más que una estrategia, distingo ahora. Una estrategia diseñada por mis genes para sobrevivir, para perpetuarme en ti. Y no quiero. Porque mi amor es sincero. Porque te quiero.
Laura
Te he buscado. Tus libros amanecen desgarrados, y tapizan el suelo enmudeciéndolo. Envuelves meticulosamente cada palabra mía en el manto de un cielo infestado de estrellas que lloran por ti, y que en adelante, dices, te abrigará. Una lluvia de plumas blancas te baña y apuñalas con ojos extraños tu almohada, y me confiesas, con la voz de otro, que en sus entrañas yace el te quiero que una noche me juraste.
David
El recibidor de vuestro palacio de rosas te aturde con un bofetón en el entrecejo, y te despide. Bajas las escaleras corriendo. Crees que puedes huir. Y tu escapada termina donde empezó tu vida, con los bolsillos llenos de golondrinas de plumas azules, donde ahora hay maletas henchidas de recuerdos marchitos. Un portal repleto de huellas gastadas y silencios. Y miras atrás: detrás de ti quedó un olor a flores sin barrer.
Empuñas con fuerza la manivela oxidada de la puerta, donde un pendiente, de Laura, el que llevaste a reparar, pende indeciso. No te importa. Te detienes y llenas tus pulmones de aire, como un buzo que se enfrenta a una eterna inmersión. Afuera, en el cielo sucio, sombras de altivos Ícaros con plumas de Zara hienden frenéticamente el asfalto hirviente. Y corres.
Un tapiz de alquitrán y polvo te rodea. No encuentras horizonte. Gente sin rostro te escruta sin piedad vomitando blasfemias por su boca escondida. Esa que nunca se halla porque se oculta hasta encontrar cómplice para salir a matar. Y corres sin saber muy bien hacia donde, pero corres.
Tus piernas conducen a tu corazón entumecido que ya no entiende nada. Cláxones, frenazos, alaridos, taladradoras. Ese chirrido macilento, perpetuo, no te deja escucharte. Y maldices. Jodidos genes. Jodido Dawkins. Jodida ciencia. El aire enfermo azota a tus ojos de niño abandonado. Porque te han arrebatado tu única pertenencia. Te han robado la fe.
Un estruendo te sorprende. Una mezcla amorfa de sustancias vertidas te empapa los pies. Sanguinolentos hígados de cerdo rebosan dentro de un zapato de piel de cocodrilo. Un enorme crucifijo nada en el vómito de varios limones informes. Personas con costuras en sus rostros recorren sin rumbo definido la calle ante ti. Dos trenes han colisionado y nada es lo que parece. Ni nada parece lo que es.
Entre el desastre, una sombra, una silueta humana cruza pocos metros por delante de ti, y corre. Te hace señas con la mano: sígueme. Te asustas, y dudas, y piensas en cambiar tu rumbo, pero no puedes dejar de correr. Como la sombra que se aleja de ti sin que le pierdas de vista. Tus piernas casi no responden, pero lejos, en esa estúpida zona donde la ciudad deja de serlo y los campos circundantes vomitan polvo negro, distingues un cuerpo de hombre en la silueta que no deja de correr y te guía. No puedes entenderlo, pero te resistes a perderle de vista. Atardece. Los esfuerzos por mantener a tu conciencia callada son vanos. Nubes macho, esas que nunca traen agua, manchan el cielo rumbo a la urbe.
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